Familia de inmigrantes observando una ciudad israelí al atardecer, con un camino que se divide entre la luz y la sombra, simbolizando la elección de quedarse en Israel.{"remix_data":[],"remix_entry_point":"challenges","source_tags":["local"],"origin":"unknown","total_draw_time":0,"total_draw_actions":0,"layers_used":0,"brushes_used":0,"photos_added":0,"total_editor_actions":{},"tools_used":{},"is_sticker":false,"edited_since_last_sticker_save":false,"containsFTESticker":false}

Los olim que se quedan: las historias que dan sentido a Israel cuando otros se van.

Mientras miles de israelíes deciden buscar nuevos horizontes en el exterior, hay quienes —aun pudiendo hacerlo— eligen quedarse. Son los olim, los inmigrantes que apuestan por Israel incluso en tiempos de incertidumbre. Historias reales de coraje, fe y pertenencia que reflejan la otra cara del país.

Recuerdo una escena que se me quedó grabada. Fue poco después del 7 de octubre de 2023, en una clase de hebreo. La morá, una mujer nacida en un kibutz, hablaba sobre cómo había cambiado su comunidad con los años. De pronto, hizo una pausa, nos miró a todos y dijo: “Ustedes, los olim, podrían irse mañana. Tienen un pasaporte para hacerlo. Y sin embargo, están acá, elijen quedarse. No sé si yo tendría ese valor.”

Esa frase, dicha casi sin querer, resumía una verdad que rara vez se dice en voz alta: los olim, con sus miedos y esperanzas, son parte de esa sociedad que sostiene al país día a día, al igual que todos los demás.

Datos que explican el contraste

Según datos de la Agencia Judía, más de 43.000 nuevos olim llegaron desde el ataque del 7 de octubre de 2023 hasta fines de 2024 (Ynetnews). Muchos de ellos decidieron permanecer a pesar de la guerra, convencidos de que no hay otro lugar donde deban estar.

En paralelo, cerca de 83.000 israelíes eligieron establecerse en el exterior durante el mismo período (Haaretz). Este contraste —los que se van y los que llegan— refleja la tensión interna del Israel actual: un país donde el miedo y la esperanza coexisten.

Historias reales de olim que eligen quedarse

Tomemos el caso de Pedro Guinzberg, un joven de Bahía Blanca, Argentina, que hizo aliá poco antes de que estallara la guerra. Llegó con ilusiones, pero también con miedo. “Mis viejos me decían que volviera; que esto era una locura”, contó en una entrevista a la International Fellowship of Christians and Jews. “Pero no podía irme. Vine para estar acá, y si ahora me iba, ¿qué sentido tenía haber venido?” Hoy vive en Be’er Sheva, trabaja medio tiempo y estudia hebreo en la universidad. Cuando le preguntan si se arrepiente, responde: “A veces tengo miedo, pero nunca me arrepiento.”

También está la historia de Matan Shamir, un israelí nacido en Filadelfia que llegó como voluntario después del 7 de octubre. Lo que iba a ser una visita de unas semanas terminó siendo una decisión de vida. “Vi el dolor, pero también la fuerza. Y entendí que quería ser parte de eso”, dijo a Ynetnews. Su historia es la de muchos: los que vinieron a ayudar y se quedaron porque descubrieron un propósito que no habían sentido en ningún otro lugar.

Los olim latinoamericanos, especialmente de Argentina, Brasil, Chile, Colombia, México y Uruguay, sumaron más de 1.800 nuevos inmigrantes solo en 2024, según la International Fellowship of Christians and Jews. Muchos de ellos llegaron en medio de crisis económicas o inseguridad en sus países. Pero si algo los une, es que —a pesar de los misiles, los apagones y las noches sin dormir— no quieren irse. Una mujer colombiana en Harish lo resumió con una frase sencilla: “Acá tengo miedo, pero es mi miedo. Allá era miedo ajeno.”

También se van: por qué y cómo mirarlo con esperanza

En los últimos años, numerosos israelíes decidieron buscar nuevos horizontes fuera del país. No se trata solo de desilusión, sino también de una combinación de factores —económicos, personales y, sobre todo, políticos— que alimentan esa decisión. En medio de tensiones internas, intereses enfrentados y un clima social fragmentado, hay quienes sienten que la esperanza se encuentra lejos de casa.

Pero también existe una esperanza más profunda: la de que algún día podamos convivir todos, aquí, en paz y armonía, más allá de las diferencias y de las heridas que todavía duelen.

El cierre que nos queda

Vuelvo a aquella clase de hebreo. La morá tenía razón. Los olim podrían irse mañana, y sin embargo, se quedan. No por heroísmo ni por obstinación, sino por amor. Porque quedarse también es una forma de luchar. Y cuando un pueblo elige quedarse, incluso con miedo, está diciendo que su historia no tiene fin.

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